Abarca mundos, pero nunca intentes abarcarme,

almaceno tu palabrería más ruidosa con sólo mirarte.

Walt Whitman.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Pequeña gran superpotencia

Le oyó gritarla. Otra vez. Cerró los ojos y se retorció el lóbulo de la oreja intentando calmarse. La angustia que le oprimía el pecho no desapareció. Entonces la vio. Tenía la parte derecha de la cara cubierta de sangre. La sangre le manchaba el jersey blanco que le había regalado por su cumpleaños. Las manchas de sangre no se quitaban fácilmente y menos en telas tan delicadas. Habría que tirarlo, pensó. Recordó su cara al abrir el regalo, se lo puso, lo estrenó esa misma mañana. Vas a parecer una puta, había dicho. Lo había hecho a propósito.
Seguía de pie mirándola avergonzada, como si hubiese hecho algo malo. Miró otra vez la sangre y vio como una gota recorría su cara, accidentada de antiguos golpes, hasta llegar a la barbilla, dónde se deslizó cayendo en el jersey blanco, su regalo de cumpleaños. El resto de la sangre no importaba, solo esa pequeña gota impertinente. Volvió a mirarla, la sangre provenía de una brecha en la ceja, no parecía grave.
La gota que había caído al jersey se tornaba marrón oscuro a medida que se iba secando. Por fin, ella habló: “No te preocupes”, dijo, “frotaré bien y quedará como si lo acabara de estrenar”casi sonrió.
“Lo acabas de estrenar... esta mañana.”
De repente sintió como si se hubiera liberado de algo, sintió una ligereza que la hizo sonreír, una mano amiga que la guiaba, no tenía que pensar, solo dejarse llevar, era un consuelo. Sin dejarla reaccionar la apartó y abriendo suavemente la puerta entró en el salón. Él no la miró, estaba viendo la tele. Se dirigió al equipo de música y lo encendió. La dulce voz de Quique González se escucho en toda la casa, muy alto.
“Quita eso”gruño sin levantar la vista de la tele. Le miró como si fuese la primera vez que le veía y le sonrió.
“¡Que lo quites!”ordenó poniéndose colorado de furia. Sin mirarle se volvió hacia la silla más cercana y con una fuerza que jamás había sentido la alzó por encima de su cabeza y le golpeó fuertemente en la nuca.

...Te vi bailar bajo la lluvia,
y saltar sobre un charco de estrellas...

Un golpe seco, limpio, sin sangre, que la llenó de fuerza. No era bastante. Tenía que sangrar, tenía que ver su sangre resbalar como había visto la de ella.

...Te vi bailar bajo la lluvia,
esperando la luna llena...

Esa mañana no la había felicitado. Volvió a la carga, esta vez en la cabeza.

...Volverás a reírte de veras,
cuando creas que estaba perdido,
volverás a reírte de veras,
si te quedas conmigo...

Como si hubiera abierto un grifo la sangre comenzó a derramarse sobre el suelo, roja libertadora.

...Te vi bailar bajo la lluvia,
te limpió el corazón de arena...

No era suficiente, seguía vivo, podía sentir su furia opresora, aún ahora que estaba inconsciente.

...Te vi llorar bajo la lluvia,
quién te hubiera quitado la pena...

Descargó toda su fuerza en el último golpe, partiéndole la silla en la cabeza.

...Volverás a reírte de veras,
cuando creas que estaba fundido,
volverás a reírte de veras,
si te quedas conmigo...

Tiró los pedazos de silla que aún sujetaba y respiró hondo, hasta ese momento no lo había notado, se había quedado sin aliento.

...Llevame, llevame, llevame...
y te vi bailar bajo la lluvia.

Levantó la vista y la vio parada en la puerta, mirándola. Había acabado. No volvería a pegarla el día de su cumpleaños. No volvería a pegarla. Nunca.

Eme